Ayuntamiento de Cabra

Centro de Andalucía

Cabra en la Literatura en la primera mitad del siglo XX

  • LA FERIA DE LOS DISCRETOS. (1918) De Pío Baroja (1872-1956) En esta novela aparece el topónimo de la ciudad en estos párrafos:
    “...Quintín fue llevado a la escuela muy niño, a los tres o cuatro años, porque estorbaba en la tiendecilla. Desde pequeño se distinguió como atrevido, valiente y fanfarrón, y muchas veces volvía de la escuela con los pantalones rotos, cuando no con un ojo hinchado.
    Una vez Quintín riñó con uno de sus condiscípulos, que era de Cabra. Con este motivo solían embromarle los demás llamándole hijo de Cabra y haciendo del nombre del pueblo bárbaras derivaciones. Quintín era de los insultadores, y un día el muchacho insultado le contestó:
    - Más hijo de Cabra eres tú que yo, y tu madre está enredada con un platero.
    Quintín esperó a la salida de la escuela al camarada de Cabra y le hinchó las narices; pero un hermano mayor del otro le pegó después a Quintín...”

  • LA VIUDITA Y EL CONDE DE CABRA. (1918) Obra dramática de juventud de Federico García Lorca, rescatada, puesta en escena y dirigida por Antonio Suárez Cabello en 1998 y representada por el grupo “Daeva”. De sus parlamentos se destacan aquellas canciones populares que quedan como trasfondo:
    “...La Viudita, la viudita, la viudita se quiere casar
    con el conde, conde de Cabra, conde de Cabra se casará.
    Yo no quiero conde de Cabra, conde de Cabra, triste de mí
    que a quien quiero solamente, solamente es a ti...”

  • CANTARES POPULARES: “La canción de los pelegrinitos”. (1921) De Federico García Lorca. En esta canción, tomada de la tradición oral, revitalizada por García Lorca, vuelve a aparecer el topónimo de la ciudad de Cabra.

    “El Papa les pregunta
    de dónde eran
    Ella dice de Cabra
    él de Antequera.”

  • EL ALA DEL SUR. (1926) Libro de poesía de Pedro Garfias (1901- 1967) Otro poeta nacido a los versos, en Cabra, y firmante del Ultraísmo. Dentro de este libro, en “Motivos de la ciudad” evoca a Cabra así:

    “En la ciudad, amada, tu recuerdo
    tiene un color suave de distancia
    reposo para el cuerpo fatigado.
    De bracear la sombra enmarañada.
    Desde la plaza se ve la Sierra
    fresca y jugosa. Desde la plaza
    los ojos vuelan como palomas
    hasta la frente de la montaña.
    El aire es dulce como una mano
    y el cielo es tibio como una falda.
    Hacen su rueda lenta las horas.
    Se ve la Sierra desde la plaza.

  • EL ROMANCERO GITANO: “Romance Sonámbulo” (1928) De Federico García Lorca. Es este uno de los más universales poemas del poeta granadino. En esta composición aparece:

    “Compadre, vengo sangrando
    desde los puertos de Cabra”

  • POEMAS INCONEXOS. (1931) Obra poética –a modo de antología propia- del egabrense Tomás Luque Moyano. Poeta de los más líricos y significativos de Cabra. Rubrica en el 1919 el Manifiesto Ultraísta y entabla relación de amistad y literaria con Cansinos Assens, Pedro Garfias, Jorge Luis Borges y su hermana Norah, Rivas Panedas, Huidobro y Gerardo Diego. De “Poemas Inconexos”, se ofrece el tema titulado “De mi ciudad andaluza” dedicado a Cabra.:

    "Pulcritud,
    vieja prez
    y el orgullo prendido
    sobre cada mujer
    ........ Yo soy la viudita
    del Conde Laurel,
    que quiero casarme
    y no tengo con quién.
    Por las calles de nácar,
    balcón de la mañana,
    luce el sol su capote,
    oriflama dorada.
    Ventanas silenciosas,
    amor en los portales
    y en el patio las luces
    en flor de los rosales.

  • POESÍA. (1947) Antología póstuma del poeta egabrense Pedro Iglesias Caballero, (1893-1937). En el año 1993, el Ayuntamiento de Cabra vuelve a reeditar dicha antología y la completa, siendo prologada por el Bibliotecario de la Municipal “Juan Soca”, José Pérez Muñoz. Del poema “La Virgen pasaba” se reproduce esta estrofa:

    “Un temblor de jazmines terciopelaba
    la tarde de septiembre, con la infinita
    dulzura de un poniente largo... Pasaba
    la Virgen de la Sierra, la morenita...
    Aún recuerdan mis ojos llenos de llanto
    -pues quien tiene un recuerdo tiene una pena-,
    a aquella dulce novia que quise tanto...”

    De su oda “El pueblo de don Juan Valera”, se ofrecen los siguientes versos:

    “En la noche clara llore Cabra entera
    por el que en su verde huerto floreció:
    lloren los rosales por don Juan Valera;
    lloren las mujeres... ¡Él también lloró!
    Con sus temblorosos bronces milenarios,
    por don Juan Valera, todo corazón,
    doblen las campanas en los campanarios
    de santo Domingo y de la Asunción...”

  • “EL ABENABBAS” (LEYENDA MORISCA). (1948) De M. de la Péñola Mendoza (Trinidad de la Yglesia y Varo) Este sacerdote, querido en Cabra y conocido como “D. Trinito” (1894-1975), en esta singular obra, ofrece algunas estampas de la ciudad del siglo XVI, como la que sigue:

    “...Mientras tanto, vinieron muchos mozos de las huertas de Cabra ejecutando una arriesgada danza guerrera, al son de guitarras y tamborcillos. En zaragüelles y camisas de blanqueado lienzo, tocados a lo moro con bonitos pañuelos, esgrimiendo los más espadas tan agudas como relucientes algunos que de graciosos hacían, sucios y viejos chafarotes, se trocaban, cruzaban y entremetían tan rápidos, que las madres que los parieron no pudieran admirarlos sino a trueque de marearse...”

  • EL DOCTOR CORDIAL. (1950) De Juan Soca (1890-1970). Poeta egabrense, profundamente lírico en su primera etapa y cuidado prosista. En esta obra de corte valeriano, Soca se confiesa amante entusiasta de su pueblo y a él le dedica la novela:

    “Al alma lírica de mi pueblo: un pueblo como todos y mejor que muchos; con sus parvas debilidades y sus efectivas virtudes; pero bello, culto, fino soñador...” 

    Más adelante, las estampas costumbristas de “Anzur” (Cabra) –al poeta no le gustaba el nombre del pueblo y luchó para cambiarlo por Egabro- son de una sutil elegancia:

    “... La calle san Martín, por ser la vía más populosa y estar muy próxima a la plaza de abastos, empezaba a animarse con hortelanos que traían verduras y frutas, a lomos de las bestias, cuyos cascos resbalaban sobre el pavimento empedrado. Los puestos de jeringos encendían sus fogones, sobre los que se asentaba un gran perol, mediado de aceite de oliva, los mostradores de cafetines y tabernas, aún con la luz eléctrica encendida, mostraban, en hileras, a los escasos parroquianos, la copa de aguardiente matarratas, el vaso de café económico o el de manzanilla de a perra gorda. De las vías afluentes llegaban los pregones... Y por la calle del Caz, desde la que se perfila la ermita de la Virgen de la Sierra –blanca sobre el azulado cerro, aureolada por los primeros tintes rosados del día- al trote, los pollinos...”

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